Braliem Jousc, el verde. 15 años de periodismo cultural en Guatemala. Es el responsable de la agenda cultural diaria más completa del país, con recordatorios constantes de arte, cultura y ocio.
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viernes, 8 de agosto de 2008

La sobreviviente


Este es un feudo controlado desde hace dos siglos por dos bandos opresores. El señor feudal y su corte representan a uno de esos grupos, que muy pocas veces se asoma a sus terrenos, pues tiene otros dominios que le resultan más rentables por lo que deja todo el trabajo sucio a un par de cancerberos, dicha pareja es el otro bando a cargo de la opresión.

Los villanos (los que viven en la villa) a su vez no encuentran consuelo entre sus representantes, pues quienes deberían de ser el nexo entre la aldea y el feudo, en realidad se codean con los círculos feudales (bueno, es lo que les ha hecho creer el par de cancerberos) y lejos de velar por el bien de la villa, estos delegados lo único que hacen es disfrutar de festines. Nadie puede penetrar su círculo de poder y con tal de mantener inquebrantables sus vínculos, delegan sus funciones en rostros anónimos, a quienes les trasladan sus responsabilidades sin reconocimiento alguno. Tan encubierto es este plan, que ni guardianes ni feudos lo conocen.

Un día, las altas esferas del feudo amanecieron con la impresión de que no recibían suficientes tributos acorde a la cantidad de personas que vivían en sus dominios. Y con furia, comunicaron su decepción al par de carceleros en los que confía su trabajo sucio. Estos dos, para evitar el castigo del amo idearon un diabólico plan: reducir la población para que los señores feudales relacionaran correctamente los tributos con el número de villanos / esclavos.

Para los mal llamados representantes de la villa fue fácil escoger a quiénes asesinar. Empezaron con aquellos que estaban fuera de sus nexos de compadrazgo y amistad, esos rostros anónimos fáciles de reemplezar. Echaron las suertes por la mañana y en la tarde del mismo día, después de celebrar una bizarra comida para toda la villa, surge un escuadrón de jinetes que espadas en mano da muerte a los “excedentes”. Nada se pudo hacer, todo sucedió tan rápido que apenas hubo tiempo para esconderse. Las mujeres fueron las principales víctimas, resultado de una misógina decisión.

El espectáculo fue horrendo. Los cadáveres yacían en los campos donde recién se celebró la fiesta, los mismos campos en donde a diario son obligados a trabajar las cosechas y pastorear los ganados del señor feudal.

Después del paso de los jinetes la mesa ensangrentada seguía en medio del lugar de trabajo, y los que eran invitados fueron obligados a retomar la jornada, con la noticia de que se habían incrementado sus horas de trabajo. Para a
segurarse de no ser los próximos en morir, los representantes de la villa, ademas de la masacre, habían decido entregar al señor feudal más tributos de los acostumbrados pero con menos villanos de los que él estimaba que poseía.

Con el dolor de haber perdido lo más valioso que se le permitía tener, el amor de su madre, esa tarde una niña se convirtió en mujer. Fue la única que pudo huir de la masacre. Escapó de la espada, lo hizo con la bendición de la sangre de su madre, con la que tiñó sus ropas. Corrió descalza, con el corazón destrozado y lágrimas, producto del luto, de la rabia, de la traición, y de la incertidumbre. En sus manos, al igual que en su vestimenta, llevaba lo último que le recordaría a su progenitora: un salvoconducto de color rojo que le abrió las puertas en una villa cercana. Ahí existía el mismo sistema de trabajo en el cual había crecido, pero era un sitio más grande, demasiado como para estar a cargo de un solo señor feudal, y por lo mismo, los carcelarios y representantes no tenían tanto poder ni podían actuar a espaldas de los feudales.

La fugitiva pudo encontrar un nuevo lugar y en él guardó el luto sin poder realizar las exequias. Después de dos lunas derramó la última lágrima de dolor y juró venganza . Estar en las tierras del rival de su antiguo señor feudal ya era un desafío, una traición. Pero la furia de la sobreviviente apenas empezaba porque aún tenía algo pendiente: lavar la sangre de sus ropas. Esa misma noche invocó a la Luna, la diosa de sus ancestros y con los conocimientos que heredó de su madre maldijo a todos los que le arrebataron la vida. Una vez más manchó sus manos y ropas con sangre, esta vez la sangre de las aves y el cordero que ofrendó para sellar un pacto de justicia. Así, la wiccan invocó a los cuatro elementales de la Naturaleza.

Despues del rito ninguno de sus antiguos chupasangres y representantes (tampoco sus descendientes) volvió a conocer la dicha. Todos enfermaron y encontraron la muerte, sus hijos murieron y los recién nacidos nunca alcanzaron el primer año de vida, sus mujeres dejaron de ser fértiles y los hombres perdieron cuánto habían logrado en la vida. Los villanos emigraron a otros feudos y en menos de dos generaciones, lo que una vez fue una vasta y fructífera propiedad, se convirtió en tierra maldita, en donde jamás volvió a germinar una semilla.

1 comentario:

J M dijo...

Qué bárbaro verde, por poco me hacés llorar... qué imaginación, pero sobre todo, que simbolismo...
Un beso desde la villa rival