Braliem Jousc, el verde. 15 años de periodismo cultural en Guatemala. Es el responsable de la agenda cultural diaria más completa del país, con recordatorios constantes de arte, cultura y ocio.
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lunes, 18 de agosto de 2008

Los viejitos del barrio


El pequeño pergamino que vi el fin de semana me llamó la atención. Cuando abrí el buzón supuse que sería la invitación a unos 15 años, el bautizo de una niña o incluso una graduación, pues estaba amarrado con un listón rosado. Cuando lo leí entendí porqué la gente no iba a comprar tostadas a la esquina de la 11 avenida. Donde solía haber una mesita que invitaba a detener la marcha, hoy se ve un listón negro hecho con papel de china. El nazareno de la casa de Doña María pasará ahora sus tardes sin dar la bendición a los clientes del puesto de tostadas.

La esquina de Don Pedro y Doña María
Los dos sitios que hoy me motivan a escribir este laaargo post, son los de la esquina de
la 11 avenida y 4ª calle. Ahí, en donde antes no existía semáforo, ahora hay unaluz roja, el alto más largo de la historia (más de un minuto para los que van sobre la avenida). En ese cruce, del lado izquierdo estaba la barbería Veliz, de don Pedro. Y en frente, del lado derecho, el puesto de tostadas y atol de elote de doña María.

El nazareno de los antojitos
Enfrente de l
a barbería, hasta hace un par de semanas, quedaba una venta de comida típica. Desde que tengo memoria, por las tardes la señora de esa casa abría la puerta y sacaba a la calle una mesa, hasta la mitad. Sobre ella colocaba lo que había preparado en la mañana: atol de elote, tostadas, tacos y rellenitos. Pero el olor a perejil y cebolla no es todo lo que impresionaba al pasar en frente, pues la cocinera lucía con orgullo a sus clientes la imagen de un nazareno, muy parecido en altura y tez al de la Iglesia de Candeleria, el famoso Cristo Rey que todos los Jueves Santo sale en procesión.

Pero desde hace dos semanas esa puerta ya no se abre. Doña María, como recién me enteré que se llamaba la señora, había muerto. Lo supe por la invitación a una misa de nueve días que llegó a la casa.

El primer recuerdo de su venta lo tengo en una tarde, cuando mis padres tenían planes para salir por la noche. Yo tendría 5 ó 6 años y una tía llegó a cuidarme. Para que no me diera cuenta de la ausencia me dijo: “chato, vamos a comprar tostadas allá a la esquina, ¿qué querés?”. Desde luego dije que sí, pero al llegar a casa me di cuenta de la treta.

La última vez que le compré algo fue tres meses atrás, c
uando mis lombrices me obligaron a llevar un vaso de atol y una tostada. El atol sabía algo ralo, quizá hecho con una de esas bebidas preparadas, y la tostada ya no era la antigua tortilla sumergida en manteca de coche, era de esas que ya venden en el súper. Con todo y todo, la salsita (de Naturas, supongo), el queso, el perejil y la cebollita me devolvieron las infaltables visitas que cada viernes alguien en mi casa hacía para comprar antojitos típicos.

El puesto de Doña María era el negocio más antiguo que existía en las cuadras cercanas a mi casa. Su partida (85 años de vida) me hace pensar que ya no quedan muchos viejitos en mi barrio. Sus hijas al parecer dejarán de vender comida, creo que mantenían la venta sólo por darle gusto a su mamá: una señora de baja estatura, redonda, de rostro fatigado, y de piel morena, larga cabellera y trenzas. Nunca la vi en otro lugar que no fuera su mesita, a la espera de clientes.

Don Pedro
El barbero de mi barrio era el típico señor re
gordete que con bata blanca atendía a los clientes (hombres, porque en esa época sólo las mujeres y los huecos –hoy metrosexuales, iban a los salones, jaja).

Cada Semana Santa don Pedro se vestía de romano y formaba parte del escuadrón d
e la procesión de San José, la que sale el Domingo de Ramos. Además, quiso ser músico y en ocasiones también se le veía con la banda de algùn otro cortejo. Una de laspocas fotos que engalanaban las paredes era una suya, donde estaba con el traje de romano y con una trompeta o tuba, creo.

La barbería Veliz tenía dos de esas enormes sillas de metal que estàn acolchadas con gruesa cuerina, y desde luego al señor nunca le faltaban sus brochitas para la espuma y todo un arsenal de navajas para afeitar, el que lucía en una repisa impregnada
de vaselina (marca Vitalis) y lociones after shave de tipo aguardiente.

En el espacio no podía faltar la pila de revistas desactualizadas, entre chistes considerados malcriados o“para adultos”, de condorito, memín o Hermelinda linda. Y desde luego, sonaba una estación radial de boleros y con programación para abuelos, de esa que siempre incluye marimba al mediodía. En ese ambiente trabajaba de lunes a sábado Don Pedro Veliz, un sujeto que, como todo un experto cantinero, sabía escuchar a cada cliente con la capacidad de recordar la historia de cada uno. Fui a su barbería hasta que cumplí los 13 años y empecé a imponer mi look sobre el de mis padres, con los años supe que el barbero del barrio había muerto, de un cáncer. Desde entonces hay una abarrotería en su local.


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A excepción de los primeros seis meses de vida, he pasado toda mi verde existencia entre El Cerrito del Carmen y la Calle Martí. Ese parque (y su antañona iglesia) fue durante mi niñez prácticamente el patio trasero de casa.
Abro paréntesis: me da gusto que haya intentos por recuperar ese espacio, que ya se habría perdido de no ser por las misas dominicales, la feria de julio (dedicada a la carmen, la virgen que se venera en su interior) y lo mejor que le pudo pasar a mi vecindario: la cita cada noviembre de Manifestarte. –Cierro paréntesis.

Hablo de las cuadras y de mi niñez porque en ellas persisten algunos negocios que para mí han existido “toda la vida”.
Hoy quise recordar especialmente a dos, la barbería de Pedro Veliz, y el puesto de comida típica de María Basilia Batul.

De los demás comerciantes n
o sé el nombre, nunca lo supe y tampoco deseo saberlo, sigo identificando sus negocios como me enseñaron desde chico. Es así que ahí está la tienda de la señora brava. La tienda del carero de don Rubén (bueno, este sí tiene nombre, jeje). La panadería de la 12, la panadería de la vuelta, y la panadería de hasta arriba. Todas las tortillerías que por lo general tienen el universal nombre de los tres tiempos, pero que se distinguen porque en una venden carbón, en otra verduras y en otra más sólo hay aguacates.
A todos esos lugares iba esporádicamente después que escuchaba la orden materna de “mijo, quiero que me haga un mandado”.

El tiempo pasa, Don Pedro ya se fue, y hace poco también Doña María, pronto lo harán la señora brava, el carero de don Rubén, el señor de la panadería, la de la tortillería... creo que me estoy conviertiendo en el referente de los nuevos patojos y las nuevas caras que habitan el sector.

3 comentarios:

David Lepe dijo...

Recuperar estas memorias es algo tan enriquecedor para uno. Excelente.

J M dijo...

Verde, qué lindo texto. Me llevaste a tu verde infancia. Qué bueno que tenés este blog. Curiosamente, estoy conociéndote mejor aquí...

Seletenango dijo...

Manoooooooooooooooooooooooooooo, me dieron ganas de una mi tostada de guacamol con un toquesín de salsa..., tambíen me acordé de mi niñez divino tesoro...a no, era juventud! que chilerón.