Braliem Jousc, el verde. 15 años de periodismo cultural en Guatemala. Es el responsable de la agenda cultural diaria más completa del país, con recordatorios constantes de arte, cultura y ocio.
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domingo, 12 de diciembre de 2010

Con la virgen... ¿mi primera vez?


-A la Catedral, por favor. Dije con la mejor dicción que el guaro me permitió.

El taxista se me quedó viendo con cara de Y este cerote, a qué putas va a la Catedral a la una y media de la mañana.

Atravesé La Reforma a ritmo de música electrónica (la de mi repruductor) mezclada con jadeos de primitivas canciones reguetoneras (adivinen la radio de quién). No sé si fue efecto del cruce musical o si el viento hizo de las suyas pero sentí que todo el recorrido lo hice entre luciérnagas moteadas (y no hablo de la paleta de color).

–Con cuidado, dijo en tono paternalista el piloto cuando me dio Q10. Era el cambio. “Es media chela”, pensé al bajarme del taxi y caminar por la Plaza Mayor.

Pero de alcohol, NADA. Pasé por el sector de chupaderitos de la 9ª calle y ya todos estaban echando a los últimos bolos. Paré merodeando las calles aledañas a la iglesia guadalupana de la zona 1. Prácticamente estaban en las mismas: cerrando sus changarros.

El frío me hizo tomar conciencia en dónde andaba. “Creo que nunca me trajeron de niño”, dijo una de mis neuronas, quizá la única intacta de mis parrandas veinteañeras.

Los diez pesos del vuelto me sirvieron para ajustar (con fichas) un plato de buñuelos. Funcionó de cortaguaro y hasta me animé a enviar un S.O.S para buscar after. En mi cabecita tenía la esperanza de que algún pisado, o en su defecto pisada, me timbrara. “Ricos buñuels cost waro a 1 costad la lupe. Juers dafta? Calmi” alcancé a escribir en mi perfil de Facebook, con clara redacción (seguí la nueva ortografía de la RAE).

“0 aleros, gracias”, volví a escribir media hora después, emputado porque nadie llamó.

Primera lección de la noche: no hay cajeros automáticos cuando se les necesita y NO aceptan tarjeta de débito en las ventas callejeras. Segunda lección: mis cuates no feisbuquean entre 1 a.m. y 2 a.m. (claro, como los 0-tes ya están cogiendo, el verde pela).

Con la iglesia a mi costado y varios devotos trasnochadores entrando y saliendo retomé mis pensamientos y, en efecto, reparé en que en mi archivo fotográfico infantil no hay imágenes mías travestido de indígena. Entonces, me animé a entrar al templo. Para mi sorpresa, no me derretí ni convulsioné. Creo que la legión que me habita supo comportarse.

Me dediqué a tomar fotos, admiré la devoción de la gente que estaba pernoctando, me conmovió el millar de súplicas y agradecimientos que ardían en cada veladora y fue tal el ambiente que tuve una epifanía.

El resplandor de la imagen mariana del altar mayor se transformó en fuego y la escultura de madera habló: esta vez no pidió que le construyeran un templo, pidió por casas para los desamparados. Tampoco envió a un indígena como emisario, zarandeó a los mestizos y blanquitos cachurecos de todos los estratos sociales para que, en lugar de ir con el obispo del pueblón, demandaran a los policías, diputados, ministros, jueces y fiscales que de una vez por todas le pongan huevos y corazón a su chance para que el 80% del índice de pobreza del país baje de una vez por todas.

Lo que la virgen pedía era que la mara dejara de estarla contemplando y se pusieran a trabajar.

Una ráfaga de viento entró a la iglesia y el fuego desapareció (seguramente el guaro incrementó el calor de las velas, explicarían los hombres de ciencia). Cuando finalmente recuperé el equilibrio y volví en mí, dejé de imaginar mierdas y me entró la urgencia de buscar un baño. O meaba o meaba. Caminé toda la cuadra alrederor de la iglesia y ni un puto mapreco. Claro, la religión suple necesidades espirituales, las fisiológicas no. Los fieles guadalupanos seguramente no son humanos, viven en otra realidad.

Me fui del lugar apretando la vejiga, decidido a tomar el primer taxi que viera y lamentando que la única opción del guatemalteco para estar en la calle después de la 1 a.m. sean las iglesias.

Esto me pasa por mula, por no ir a mear antes de dejar la discoteca. Eché a perder la noche, no conseguí aleros, y encima de todo seguía picado. Ni modo, ahora tendré que esperar la siguiente fiesta para andar a deshoras en la calle: Semana Santa. Prometo aprender ir al baño, o a perder el pudor.

2 comentarios:

Miss Trudy dijo...

¡Una tragedia griega, Verde! Y me encantan las fotos que pusiste. Un abrazo.

Wendy García Ortiz dijo...

¡Ala gran! ¡Qué calvario!